martes, octubre 23, 2007

Pablo Neruda. Álbum: Por José Carlos Rovira

Publicaciones de la Residencia de Estudiantes

Capítulo 3

Cónsul y viajero por Oriente: los orígenes de Residencia en la tierra (1927-1931)

El 11 de abril de 1927, Neruda es nombrado cónsul en Rangún (Birmania). Inicia un viaje que durará casi cinco años y que podemos seguir, en el ámbito biográfico, por su correspondencia y por las crónicas que publica en La Nación de Santiago. Fue un tiempo de diferentes destinos consulares, casi honorífcos, vinculados a la importación de parafina y té (bebida de gran consumo en Chile), que lo funden sobre todo con otra naturaleza, otras sensaciones, y que le sirven para formular otra poética que concluye en el libro de 1933, la primera Residencia en la tierra.

El viaje, comenzado el 11 de junio de 1927 en tren desde Valparaíso para enlazar con el trasandino y llegar a Buenos Aires, lo hace con Álvaro Hinojosa. El día 14 embarca en Buenos Aires en la nave Baden y desembarca en Lisboa el 12 de julio. Desde allí continúa a Madrid, adonde llega el 16 de julio y, después de unos días, parte en tren hacia París, ciudad a la que llega el día 20. En sus memorias deja constancia de las primeras impresiones de Madrid "con sus cafés llenos de gente", y tiene tiempo para entrevistarse con Guillermo de Torre, al que ofrece la publicación de algunos poemas y no es atendido. Su relato memorial se carga de valor simbólico: "y España fue para mí también el interminable tren y el vagón de tercera más duro que nos dejó en París".

Las visiones de París, donde pasa unos quince días, son impresiones literarias de "doscientos metros y dos esquinas: Montparnasse, La Rotonde, La Dome, La Coupole y tres o cuatro cafés más", pero destaca su encuentro con César Vallejo, al que conoce en esta ocasión y hacia el que siempre tendrá un profundo sentimiento de amistad. Vallejo, para Neruda, es "el gran cholo; poeta de poesía arrugada, difícil al tacto como piel selvática, pero poesía grandiosa, de dimensiones sobrehumanas".

Marsella es el lugar de partida en los primeros días de agosto hacia Singapur, y el largo viaje, en el que está acompañado sobre todo por franceses, le permite encuentros buscados de trascendencia literaria, como su paso y descenso en la ciudad africana de Djibouti el 2 de septiembre. En un texto de los que publica en La Nación, en concreto el que aparece el 20 de noviembre con el título de "Danza de África", dice: "Djibouti me pertenece. Lo he dominado paseando bajo su sol en las horas temibles: el mediodía, la siesta, cuyas patadas de fuego rompieron la vida de Arturo Rimbaud, a esa hora en que los camellos hacen disminuir su joroba y apartan sus pequeños ojos del lado del desierto. Del lado del desierto está la ciudad indígena. Tortuosa, aplastada, de materiales viejos y resecos: adobe, totoras miserables. Variada de cafés árabes en que fuman tendidos en esteras, semidesnudos, personajes de altivo rostro". Parece necesaria una precisión sobre la manera de enfrentarse con lo que describe: junto a la referencia espacial y humana, las crónicas se van tejiendo a través de referencias literarias como la de Rimbaud o, en crónicas anteriores, la visión de las mujeres árabes como salidas de relatos de Pierre Loti, o las vasijas grandiosas comparadas con las de El ladrón de Bagdad. Neruda aparece siempre como un viajero literario que recorre escenarios e imágenes que identifica con resonancias culturales previas.

Su llegada a Asia comienza por Colombo el 8 de septiembre de 1927. La sensación de ciudad muerta por la noche, abandonada, es la primera, hasta la resurrección de la mañana ("Los muertos habían salido del sepulcro, los muertos de extraños colores y vestidos"). La ciudad va adquiriendo sus tonos más brillantes mediante una población que hierve alrededor del poeta, hasta llegar al lugar que considera más bello, el mercado: "Lo más hermoso de Colombo es el mercado, esa fiesta, esa montaña de frutas y hojas edénicas. Se apiñan a millones las piñas, las naranjas verdes, los minúsculos limones asiáticos, las nueces de arec, los mangos, las frutas de nombre difícil y de sabor desconocido. [...] El inmenso mercado se mueve, hierve por todas partes su carga fastuosa, embriaga el perfume agudo de los frutos, de los montones de legumbres, el color exaltado, brillante como cristalería, de cada montón, detrás del cual muchachos hindúes, no más morenos que sudamericanos, miran y sonríen con más sabiduría, más resonancia íntima, en actitud de más calidad que la manera criolla". Cuando el barco parte de nuevo, la descripción vivísima del puerto adquiere un momento esencial sobre el que conviene detenerse. Habla de barcos mercantes, de un crucero inglés y de "las canoas cingalesas de velas ocre y rojo, tan estrechas que los tripulantes van en pie sobre ellas. De pie y desnudos, como estatuas, parecen salir de la edad eterna del agua, con ese aire secreto de la materia elemental". Conservemos la presencia temprana del sintagma "materia elemental" por la trascendencia posterior para su poética.

Siguen otras crónicas: "El sueño de la tripulación", en septiembre de 1927, que anuncia la llegada a Sumatra y donde hay descripciones oceánicas tan irremediablemente poéticas que merecen ser recordadas: "Es de noche, una noche llegada con fuerza, decisiva. Es la noche que busca extenderse sobre el océano, el lecho sin barrancas, sin volcanes, sin trenes. Allí ronca su libertad, sin encoger sus piernas en las fronteras, sin disminuirse en penínsulas; duerme, enemiga de la topografía con sueño en libertad".

En octubre de 1927 la siguiente escala del recorrido es Singapur y allí, entre tantas otras cosas, está por primera vez la sensación de la materia que se corroe y se destruye, que Amado Alonso analizó como centro estilístico de Residencia en la tierra: "Todo tiene un aire corroído, patinado de viejas humedades. Las casas sustentan grandes costurones de vejez, de vegetaciones parásitas: todo parece blando, carcomido. Los materiales han sido maleados por el fuego y el agua, por el sol blanco del mediodía, por la lluvia ecuatorial, corta y violenta como un don otorgado de mala gana".

En octubre está ya en Rangún como cónsul y la correspondencia es testimonio de una nueva sensación, la soledad intensa que se acrecienta en el nuevo espacio. El 28 escribe a su hermana Laura: "[...] te escribo ya desde Rangoom, que es una gran ciudad bastante hermosa pero donde me aburriré en poco tiempo". Y el 25 escribe al argentino Héctor Eandi, con quien mantendrá una más que significativa correspondencia: "Espero de usted sus nuevos trabajos, algún libro, o revista, o carta. Haga usted, amigo mío, atravesar sus valientes relatos por estas aguas y tierras de calor, me protegerán grandemente del aburrimiento y del abandono".

El trabajo como cónsul no era precisamente agotador. Sólo cada tres meses llegaba un barco desde Calcuta con su cargamento destinado a Chile, sobre todo con el preciado té, por lo que su tarea era muy llevadera.

Entre enero y febrero de 1928 inicia un viaje hacia China y Japón. El 7 de febrero escribe a su hermana Laura desde Shangai: "He dejado Rangoom por dos meses para viajar por China y Japón. Desgraciadamente aquí en China hace un frío que nunca había sentido, un invierno con nieve, lluvia y viento. Ya te escribiré más largo desde Japón. Mis proyectos son irme a Europa en mayo a continuar mis estudios, en Francia y en España. No se puede vivir mucho tiempo en Oriente".

En febrero está en Japón, en Tokio, desde donde transmite sensaciones positivas a pesar del frío que de nuevo le persigue. Hacia el 15 de marzo regresa a Rangún, donde el pesimismo le embarga. El 11 de mayo de 1928 escribe a Héctor Eandi: "A veces por largo tiempo estoy así tan vacío, sin poder expresar nada ni verificar nada en mi interior, y una violenta disposición poética que no deja de existir en mí, me va dando cada vez una vía más inaccesible, de modo que gran parte de mi labor se cumple con sufrimiento, por la necesidad de ocupar un dominio un poco remoto con una fuerza seguramente demasiado débil. No le hablo de duda o de pensamientos desorientados, no, sino de una aspiración que no se satisface, de una conciencia exasperada. Mis libros son ese hacinamiento de ansiedades sin salida". Y también desde Rangún, el 8 de septiembre, le vuelve a escribir: "Las fechas de estas cartas quieren decir para mí largo tiempo de horrorosa, solitaria e inerte vida [...] verdaderamente, ¿no se halla usted rodeado de destrucciones, de muertes, de cosas aniquiladas? En su trabajo, ¿no se siente obstruido por dificultades e imposibilidades? ¿Verdad que sí? Bueno, yo he decidido formar mi fuerza de este peligro, sacar provecho de esta lucha, utilizar estas debilidades. Sí, ese momento depresivo, funesto para muchos, es una noble materia para mí [...]. He completado casi un libro de versos: Residencia en la tierra, ya verá usted cómo consigo aislar mi expresión, haciéndola vacilar constantemente entre peligros, y con qué sustancia sólida y uniforme hago aparecer insistentemente una misma fuerza".

La escritura decisiva de Residencia en la tierra se ha anunciado en la constatación de un mundo depresivo en el que el poeta ve sobre todo destrucciones. La suerte poética estaba echada. En la misma carta anuncia a Eandi que quiere dejar Oriente para irse a vivir a Madrid y le pide que le consiga alguna corresponsalía ya que, si abandona el consulado, perderá su vinculación diplomática, pues tiene obligación de permanecer cinco años en aquellos lugares. Varias claves biográficas y poéticas están en juego aquí. Lo cierto es que tendrá que continuar por Oriente durante el tiempo comprometido.

Una persona convierte estos días en llevaderos o en pesadilla: Jossie Bliss, la nativa birmana con la que el amor enlaza al poeta y su memoria, la "maligna" del "Tango del viudo" de Residencia, escrito como despedida, alivio de su furia y añoranza de sus piernas y sus ojos, cuando Neruda es nombrado cónsul en Colombo (Ceilán) adonde, tras un breve paso por Calcuta, llega a comienzos de enero de 1929.

La insistencia en el mundo de destrucciones se produce en las crónicas para La Nación: "Ceilán espeso" de julio de 1929, nos narra su encuentro con ciudades como Anuradhapura, Polonaruwa, Mihintala, Sigiriya, Dambulla, donde "Delgados capiteles de piedra enterrados por veinte siglos asoman sus cáscaras grises entre las plantas; estatuas y escalinatas derribadas, inmensos estanques y palacios que han retornado al suelo con sus genitores ya olvidados". El 24 de noviembre envía el primer manuscrito de Residencia en la tierra a Rafael Alberti por vía diplomática a través de la Embajada de Chile en España.

A comienzos de 1930, desde Wellawatha, el barrio de Colombo donde vive, escribe la última crónica y, en ella, una constatación que es intuición fundamental de lo que está narrando: "Todo parece en ruinas y despedazándose, pero en verdad fuertes ligamentos elementales y vivientes unen estas apariencias con vínculos casi secretos y casi imperecederos".

La correspondencia insiste en la soledad: a Héctor Eandi le dice el 24 de abril que desearía que viajase allí, "que tomáramos juntos este terrible whisky tropical"; le cuenta: "Estoy solo: cada diez minutos viene mi sirviente, Ratnaigh, a llenar mi vaso. Me siento intranquilo, desterrado, moribundo". Evoca el paraíso de Buenos Aires y a un muchacho "largo y de negro", Xul Solar, al que conoció allí y al que invita también a visitarlo: "Me acuerdo, tenía un corazón por completo metafísico, una presencia preocupada".

El 16 de mayo de 1930 se traslada como cónsul a Singapur, donde en junio tiene un conflicto con el encargado del consulado de Chile, Víctor Mansilla, que se niega a entregárselo.

Otra comunicación solitaria surge inmediatamente: el 17 de diciembre recupera la correspondencia interrumpida dos años antes con Albertina Rosa Azócar, que estudia entonces en Bruselas, a la que llama "mi niña Netocha". La invita a reunirse con él y protesta porque ella no le escribe: "Me estoy cansando de la soledad, y si tú no vienes, trataré de casarme con alguna otra. ¿Te parece esto brutal? No, lo brutal sería que tú no vinieras. Sabes que tengo cierta situación social anexa al "Señor Cónsul" y me es fácil notar que esto produce cierta expectación entre las mamás (que a veces tienen lindas hijas). Pero ¡óyeme! Nunca he querido a nadie sino a ti, Albertina. A mis ojos ninguna mujer puede compararse contigo". Le insiste en cartas siguientes y le manda itinerarios, barcos que llegan desde Londres. Le indica las compañías europeas que viajan a Oriente, le repite el daño que le está causando su silencio, le pide, ya en enero de 1931, que le devuelva los retratos que le ha enviado, que destruya las cartas y concluye: "Adiós, Albertina, para siempre. Olvídame y créeme que sólo he querido tu felicidad".

En julio de 1930 es nombrado cónsul en Batavia (Java). Allí conoce a María Antonieta Hagenaar, de origen holandés, con la que se casa el día 6 de diciembre, tras cuatro meses de relación. Todos los biógrafos han coincidido en señalar el carácter dispar de la pareja y las razones de la boda en la soledad de Neruda, quien en sus memorias recuerda a la que llamó Maruca en los siguientes términos: "Mi soledad se redobló. Pensé en casarme. Había conocido a una criolla, vale decir holandesa con unas gotas de sangre malaya, que me gustaba mucho. Era una mujer alta y suave, extraña totalmente al mundo de las artes y de las letras. (Varios años más tarde mi biógrafa y amiga Margarita Aguirre escribiría, acerca de aquel matrimonio mío, lo siguiente: "Neruda regresó a Chile en 1932. Dos años antes se había casado en Batavia con María Antonieta Hagenaar, joven holandesa establecida en Java. Ella está muy orgullosa de ser la esposa de un cónsul y tiene de América una idea bastante exótica. No sabe el español y comienza a aprenderlo. Pero no hay duda de que no es sólo el idioma lo que no aprende. A pesar de todo, su adhesión sentimental a Neruda es muy fuerte y se les ve siempre juntos. Maruca, así la llama Pablo, es altísima, lenta, hierática")". La opinión de Albertina Rosa Azócar, cuando la conoce en el regreso de Neruda a Chile, irá también en la misma dirección.

El testimonio de Neruda a Héctor Eandi desde Singapur, en septiembre de 1931, habla de una vida feliz, en la que él lee y ella cose, de excursiones, de que no escribe y sobre todo lee ("a Proust por cuarta vez"). En la misma larga carta le comenta que ha mandado a España su libro (Residencia en la tierra) "porque el poeta Rafael Alberti me lo pidió para editarlo", pero que luego todo habían sido dilaciones y cartas sin respuesta, excusas, indicaciones de que el libro estaba en París para que lo editara la revista Imán.

Tras el paso breve por Singapur, Pablo Neruda puede, por fin, plantearse el regreso a Chile. Estamos ya a comienzos de 1932.

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